domingo, 3 de junio de 2007

PÉRDIDA DE UNA VIDA


Pérdida de una vida. Cierto es que puede decirse que soy una persona que dedica gran parte al pensamiento, un pensamiento que surge en numerosas ocasiones de los textos. Como no podía ser de otra forma, un libro llamado “dead man walking”, hizo que cambiara en cierta manera, mi modo de pensar, quizá no a transformarlo pero si al menos a activar algunas neuronas para poner a funcionar parte de la masa gris que todos llevamos en el interior de nuestras cabezas, pero no todos utilizamos, y los que la usamos, no podemos decir que siempre le demos el mejor uso. Remitiéndome a lo anterior, y una vez examinado el argumento de dicho libro, empecé a valorar la vida de un modo diferente, y más que mi propia vida, la vida de los demás, o mejor dicho, la pérdida de una vida. Sin embargo, aunque la pérdida de una vida es extremadamente ardua, preferiría no pensar en cómo sería la muerte de una persona para “hacer justicia”. ¿ Puede acaso alguien imaginarse cómo sería el mundo si para cumplir una condena fuera un requisito fundamental perder la vida? Una noche, era aún de madrugada, lluviosa recuerdo, me desperté sudoroso, acalorado, con demasiado miedo como para poder tan siquiera mover articulación alguna de mi cuerpo. ¡Es un sueño!, pensé.
Pasaron unos minutos y fui recuperándome, tranquilizándome, respiré hondo y miré alrededor para comprobar que todo estaba en su lugar correspondiente y que nada había cambiado.
De pronto, empecé de nuevo a perder los nervios, el pánico me recorría todo el cuerpo como si de una corriente eléctrica lo atravesara, sudores fríos resbalaban por toda mi piel…efectivamente nada había cambiado…
Una enorme cristalera, detrás de él, tan solo podía distinguir algunos rostros que familiares me resultaban. Su mirada es hostil, puedo ver el odio en sus ojos, el sentimiento de una venganza por fin alcanzada. Color blanco por todas partes, personas a mi alrededor, a penas siento nada, salvo el líquido de comienza a entrar por mis venas. Sentiría dolor, sino fuera porque ya no tengo la capacidad para sentirlo. Otro dolor es el que más siento. No siento miedo y dolor a perder la vida, sino miedo al dolor que sentirán mis verdugos cuando acaben con mi vida, una vida, y descubran que el verdadero criminal no es el que se va, sino los que contemplan la ida.
En este mismo instante, yo zanjo mi deuda, al igual que ellos comienzan su particular deuda con la Justicia.

LAS DIECINUEVE PUERTAS DE VERA


Diecinueve puertas son las que Rafael Vera cuenta que tuvo que cruzar para poder llegar al final de su infierno y al encuentro con su familia. Diecinueve puertas, es la biografía en la que me inspiré y fue la que me sugirió los pensamientos que he tenido desde que la noche del veintinueve de marzo, en la que tuve la ocasión de examinar, y no solo examinar, sino que además disfrutar, y sufrir de su mano, aquel soporífero capítulo de su vida.

Sin entrar en demasiados detalles, tengo que agradecer a Rafael Vera, que a través de su biografía me hiciera fijarme en uno de los tantos y tantos datos que narra sin dar lugar en ningún momento al silencio.

Después de relatar como fue su angustioso día antes de su entrada en prisión, Rafael Vera intenta describir casi de manera exacta cada momento, cada minuto y cada segundo del cómo fue ese encuentro con la falta de su libertad, el encuentro con el silencio, el encuentro con la soledad.

No pude evitar detenerme en una de sus líneas, cuando dice: “Traspasé la puerta, desembarcando en un vestíbulo iluminado por una luz blanca fluorescente, enfrente colgaba de la pared una placa de latón que recogía la fecha de la inauguración, la personalidad que la había presidido y una cita de la Constitución con alusiones a la reinserción social del penado, de la que pude comprobar meses después era una simple y vacía declaración de intenciones”.

En el instante en que cruza la primera de tantas puertas que tendrá que atravesar para acabar con el fin de su condena, se encuentra con una placa donde puede leer una cita de la Constitución cuyo contenido se refiere a la reinserción social del penado, la afirmación de la futura reinserción social de todos aquellos que cruzaban esa primera puerta.

Mi opinión es humilde como la de otros muchos, sin embargo, no como muchos otros, pienso que no todos los hombres que cruzan esa primera puerta son iguales, y por tanto, no todos cruzarán la última del mismo modo, al igual que otros, nunca tendrán la oportunidad de llevar a cabo el fin del silencio y de su soledad.

No podemos hablar igual de unos hombres que de otros, por ello, no podemos juzgar el futuro y la vida del mismo modo de unos y de otros.

En realidad, gracias a la libertad de expresión de la que yo, como tantas personas disfrutamos, estoy dotado para decir que muchos cruzamos esa primera puerta contigo, y que en ese mismo momento, ya estabas cruzando la última.

Previamente, quiero decirte que voy a utilizarte; de hecho, ya te he utilizado para poder redactar estas líneas y sobre todo para llenar mi cabeza de pensamientos, de contradicciones y de ideas, que en tu biografía y en concreto en estas líneas dejas reflejado, por las que he decidido profundizar en un tema muy serio que nos afecta en gran medida sobre todo a nuestro país. Te pido perdón por adelantado.

La reinserción social existe para aquellos que necesitan volver a la sociedad y no para los que nunca han dejado de ser parte de ella.